Durante décadas, el coste de fabricar y poner satélites en órbita fue enorme, centenares de millones de dólares, lo que limitaba el acceso al espacio a gobiernos y a algunas multinacionales. Telstar 1, el primer satélite comercial, y desarrollado por la empresa de telecomunicaciones AT&T y lanzados por la NASA en la década de los 60, tuvo un coste de lanzamiento de aproximadamente 400.000 dólares por kilogramo (dato ajustado por inflación).
La apertura del espacio a empresas privadas, lo que se conoce como New Space, arrancó hace aproximadamente dos décadas. El punto de inflexión llegó en 2015, cuando el Falcon 9 de SpaceX completó el primer aterrizaje vertical del mundo de un cohete de clase orbital, haciendo realidad la posibilidad de reutilizar el lanzador y llevar satélites al espacio a un precio mucho más reducido: el coste por kilo en órbita pasó a situarse en unos 3.000 dólares. A partir de ese momento, el lanzamiento y prueba de tecnología en órbita dejó de ser exclusivo de gobiernos y grandes corporaciones.
Hoy el panorama es bastante distinto: una compañía de tamaño medio puede reservar espacio en un lanzador compartido, poner una carga útil en órbita y obtener datos reales en cuestión de meses y por una fracción del coste que eso habría supuesto hace apenas una década. El resultado es que el número de satélites operativos se ha disparado de 3.371 en 2020 a más de 11.700 a mediados de 2025, un reflejo directo de que la barrera de acceso al espacio se ha reducido radicalmente.
La barrera de acceso al espacio se ha reducido radicalmente: el número de satélites operativos se ha disparado de 3.371 en 2020 a más de 11.700 a mediados de 2025
Detrás, y también a favor, de este cambio existe un ecosistema de startups especializadas que han reducido los tiempos de integración, estandarizado interfaces y facilitado el acceso a plataformas orbitales que antes requerían años de negociación y presupuestos de agencia espacial. Los ojos de los inversores están puestos en la industria aeroespacial y su apuesta es clara: en 2025, la inversión en startups del sector alcanzó la cifra récord de 55.300 millones de dólares.
Los ojos de los inversores están puestos en la industria aeroespacial y su apuesta es clara: en 2025, la inversión en startups del sector alcanzó la cifra récord de 55.300 millones de dólares
Pero acceder a órbita no es solo una cuestión de costes. El entorno espacial es físicamente único e irreproducible: microgravedad, vacío, radiación, ciclos térmicos extremos, comunicaciones reales con latencia y operaciones completamente remotas. Un laboratorio terrestre puede aproximarse, pero nunca replicar lo que ocurre en órbita. Una tecnología que funciona en tierra puede comportarse de forma radicalmente distinta en condiciones reales de misión. Y clientes e inversores lo saben. TRL-9 (Technology Readiness Level 9), es la palabra mágica, el Santo Grial de cualquier tecnología o proyecto espacial: haber volado o no, la diferencia es abismal.
TRL-9 (Technology Readiness Level 9), es la palabra mágica, el Santo Grial de cualquier tecnología o proyecto espacial: haber volado o no, la diferencia es abismal
Por eso, validar la tecnología en órbita, de manera ágil y eficiente, es necesario antes de dar por bueno un proyecto, comercializar una solución y comprometer nuevas inversiones. Los costes de ejecutar y operar cualquier tipo de proyecto en el espacio no son baladíes y, para una empresa, contar con la garantía de que puede generar dos impactos clave:
- Información técnica de cómo se comporta nuestra tecnología en órbita. Algo que vale su peso en oro.
- Confianza, en potenciales inversores y clientes.
En este contexto, startups como la española Hydra Space tienen un papel clave: facilitar que más empresas puedan acceder a misiones orbitales sin tener que construir toda la infraestructura espacial desde cero. El resultado es un ecosistema más abierto donde innovar en el espacio ya no es una cuestión de tamaño, si no de visión y dirección.
Un caso representativo es el de compañías como Spinning Around, cliente de Hydra Space, que necesitaba demostrar al mercado y a sus potenciales inversores que eran capaces de realizar experimentos de microgravedad en órbita. Con ayuda de Hydra Space y el lanzamiento, a través de Alba Orbital y SpaceX, del pocketqube (SpinnyOne), lo consiguieron en, efectivamente, 6 meses
Esta capacidad tiene un impacto directo en el ciclo de innovación, ya que la validación de tecnologías en la órbita baja acorta el camino entre prototipo, prueba, iteración y comercialización. Las empresas pueden fallar antes, con menos costes, aprender más rápido y llegar al mercado con una solución ya demostrada en condiciones reales.





