Roma lleva más de dos mil años siendo Roma. Ha sobrevivido a imperios, a invasiones, a siglos de abandono y de renacimiento. Cada época ha dejado su huella sobre la anterior: calles sobre calzadas, campanarios sobre templos, redes eléctricas bajo palacios renacentistas y, sin embargo, la ciudad ha seguido siendo reconocible. Esa es quizá su cualidad más extraordinaria: la capacidad de incorporar lo nuevo sin perder lo que la hace única. Ahora Roma ha hecho lo mismo con algo que apenas se ve: la infraestructura digital.
De ello se habla en el documental Threads of Connectivity, presentado por National Geographic, que muestra cómo esa transformación está llegando a algunas de las ciudades más complejas del mundo. Roma, junto a Nueva York, son dos buenos ejemplos. Dos ciudades muy distintas, con infraestructuras construidas en otros momentos y para otras necesidades, que hoy tienen que adaptarse a una demanda de conectividad que hace apenas unas décadas habría resultado difícil de imaginar.
Roma lo hace especialmente evidente. Mi ciudad, Patrimonio Mundial de la UNESCO, está construida con capas superpuestas, lo que hace que cada excavación pueda convertirse en un hallazgo arqueológico. Por eso, cuando nació la necesidad de modernizar la ciudad con infraestructura digital, en lugar de construir muchas redes de conectividad paralelas se optó por desplegar una única red compartida por la que operan las distintas compañías de telecomunicaciones.
El innovador modelo de neutral host permite que una misma red pueda dar servicio a distintos operadores móviles, evitando que cada uno tenga que desplegar la suya. En una ciudad histórica, reducir obras e intervenciones innecesarias no es una cuestión menor. Y, hoy en día, GPS y sistemas de navegación, billetes digitales, pagos sin contacto, comunicación en tiempo real o acceso a servicios digitales forman ya parte de la experiencia cotidiana de residentes y visitantes y exigen una infraestructura digital a largo plazo.
A miles de kilómetros de distancia, Nueva York plantea otro tipo de desafío en lo que a conectividad se refiere. Su problema es distinto, pero la pregunta de fondo es la misma. Su red de metro, construida en buena parte hace más de un siglo, fue concebida para mover personas, no para responder a las necesidades digitales de quienes hoy recorren sus túneles, ya antiguos. Y, sin embargo, el metro no puede parar para adaptarse. Esa es una de las paradojas de la infraestructura actual: tiene que transformarse mientras sigue funcionando. Los trabajos deben adaptarse a ventanas de intervención limitadas y convivir con una infraestructura ferroviaria sometida a un uso intensivo. Una vez más, el modelo de neutral host resulta el mas adecuado a dichas limitaciones y mayor versatilidad a largo plazo.
Roma y Nueva York muestran, cada una a su manera, que desplegar conectividad en una ciudad no consiste únicamente en llevar más red a más lugares. Consiste en encontrar el espacio para esa nueva infraestructura dentro de lo que ya existe. Y hacerlo de manera que pueda seguir evolucionando.
Quizá ese sea el verdadero reto: conseguir que una ciudad pueda avanzar sin dejar de ser ella misma. Que pueda incorporar la tecnología que necesita sin borrar las huellas de todo lo que la precedió. Las ciudades seguirán acumulando capas. La conectividad será una más.





